El planeta en el Titanic

El planeta en el Titanic

Por Marina Aizen*

El freno de la economía mundial logró una reducción de la emisión de gases de efecto invernadero que le permite al planeta volver a respirar. Pero si un virus como el Covid 19 atraviesa nuestros cuerpos y vidas de esta manera, cómo sería afrontar el colapso de los sistemas naturales por una suba descontrolada de la temperatura, algo sobre lo que advierte la ciencia desde hace años. Marina Aizen documenta esa otra normalidad de la tierra y de nuestras sociedades si no la recuperamos a tiempo.

La pandemia atraviesa y arrasa nuestros cuerpos y sociedades en momentos de cambios extremos en las condiciones planetarias. Y ésto nos coloca en un lugar aún más vulnerable del que creemos mientras estamos confinados en el encierro casero. Y de esa no salimos ni con testeos masivos, distanciamiento social o siquiera una vacuna. Si un sólo virus es capaz de hacer caer la compleja red de relaciones que constituye la economía mundial, habría que reflexionar sobre qué ocurriría si se produjera un colapso de los sistemas naturales terrestres fogoneado por una suba descontrolada de la temperatura. Ésto no es una profecía agorera sino un escenario considerado por la ciencia del clima. Algo que nunca experimentamos pero que podemos llegar a vivir.

La cuarentena por el Coronavirus está ocurriendo en la cubierta del Titanic, y si no queremos que los músicos sigan tocando como si no pasara nada (algo que -francamente- hemos estado haciendo en gran medida hasta ahora), mejor que gobiernos y gobernados se pongan a pensar en qué estrategias eligen para detener este calentamiento peligroso, ya que la ventana de oportunidad para hacerlo es muy pequeña. Ya ha subido más de un grado la temperatura promedio desde 1850, y en dos o tres años, el alza podría empezar a asomar por primera vez a 1,5C.

“El COVID-19 no es una pandemia de cambio climático. Hasta donde sabemos, nada sobre la aparición o propagación del coronavirus lleva la huella reconocible del calentamiento global”, señaló el autor David Wallace Wells, en la revista New York Magazine. “Pero si la enfermedad y nuestra total incapacidad para responder a ella te aterroriza sobre el futuro que traerá el cambio climático, (esta experiencia) no sólo debería servir como un ‘simulacro de incendio’ para el calentamiento global en general, sino como una prueba para todas las enfermedades que se desatarán en las décadas venideras por el alza de la temperatura. El virus es un aterrador presagio de futuras pandemias que se producirán si el cambio climático continúa desestabilizando tan profundamente el mundo natural: la alteración de los ecosistemas, el colapso de los hábitats, la reconfiguración de la vida silvestre y la reescritura de las reglas que han regido toda la vida en este planeta durante toda la historia de la humanidad”, agregó.

No necesitamos viajar a Groenlandia, donde los glaciares se derriten desde las entrañas vomitando con fuerza increíble chorros de agua fría que asustan, para darnos cuenta de que la alteración del clima ya es una amenaza concreta a la vida tal como lo es una enfermedad viral. Sin ir más lejos, en el año 2013, durante la tórrida ola de calor que se extendió durante las fiestas, se produjeron 700 fatalidades sólo en la ciudad de Buenos Aires. En las inundaciones de La Plata, ese mismo año, perecieron casi un centenar de personas (nunca sabremos el número exacto), muchas de ellas acorraladas en sus propias casas. Pero, entonces, teníamos incompleto el relato de la tragedia: lo asociábamos a catástrofes naturales, como si fueran castigos divinos, y no a un daño auto infligido por nuestras emisiones de gases de efecto invernadero y, en consecuencia, al aumento de la temperatura global.

Es importante atar esos cabos que en ese momento no parecían del todo visibles para que tengamos una idea de cuán trágicas pueden resultar las cosas. Y esos son sólo algunos de los efectos que ya se sintieron en la Argentina. Hay otros: la destrucción de Comodoro Rivadavia por tormentas y lluvias inéditas, incendios forestales, inundaciones enormes y sequías muy fuertes.

Inés Camilloni, docente de la UBA e investigadora del clima del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC), la organización de la ONU que hace los estudios del clima, advierte que estamos lejos de tener una trayectoria de emisiones que puedan domesticar el alza del termómetro en un lugar más o menos seguro. “Hay que reducir 45% las emisiones de gases de efecto invernadero para el 2030 y llegar a emisiones netas nulas al 2050. No tenemos ni diez años para reducir a la mitad lo que se está emitiendo. Yo creo personalmente que va a ser muy difícil que no haya un overshoot (quiere decir: que nos excedamos de una suba de 1,5C, el objetivo más ambicioso del Acuerdo de París), que luego se logre bajar. El tema es cómo se hace para bajar la temperatura.”

En 2017, el IPCC estudió la diferencia de escenarios que existía entre una suba de 1,5C y 2C, una diferencia que podría parecer una nimiedad, y se encontró con terribles sorpresas. En un escenario de subas mayores desaparecería, por ejemplo, la cobertura de hielo sobre el mar Artico (lo que recalentaría aún más el planeta por efecto de absorción de los rayos del sol) o se registraría la muerte total de las barreras de coral, que son el sustento de gran biodiversidad marina, ergo, de la alimentación de las poblaciones costeras, que son miles de millones. Y eso, por nombrar sólo algunos efectos. Cada vez que aumenta una décima la temperatura promedio, hay consecuencias enormes en todos los órdenes de la vida.

Si bien es cierto que el freno de la economía mundial provocado por la pandemia ha logrado una drástica reducción de emisiones temporaria, nada de esto nos salva de estar en la sartén caliente. Sólo en la Argentina, el parate de actividades ha hecho descender la producción de gases en un 25%, según calculan algunos científicos. El sitio especializado Carbon Brief dice que este año podría haber una reducción de emisiones a nivel global de 5,5% respecto del año pasado, la baja más abrupta desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, esa cifra puede no significar nada si retomamos la actividad igual que siempre, y seguimos proyectando nuestro futuro sobre las mismas bases que están causando la alteración de la atmósfera. “De hecho, se espera que los niveles de carbono atmosférico aumenten de nuevo este año, incluso si los recortes de las emisiones de CO2 son aún mayores. El aumento de las concentraciones de CO2 -y el calentamiento global relacionado- sólo se estabilizará una vez que las emisiones anuales lleguen a cero”, escribió Simon Evans, editor de Carbon Brief.

El CO2, el gas que retiene el calor del sol y no lo deja salir de regreso al espacio, tarda muchos siglos en desintegrarse en la atmósfera. Por eso, es tan importante pensar en el día después: cómo encaramos la recuperación económica sobre nuevas bases que integren al cambio climático en la ecuación, tanto en la mitigación, como en la adaptación a las nuevas condiciones para hacer a nuestras sociedades resilientes. Para la Argentina esto es, como mínimo, dejar de subsidiar combustibles fósiles y detener ya la deforestación, que ya se comió 8 millones de hectáreas de bosque nativo, e incentivar un programa democrático de renovables. Invisibilizar un problema no lo hace desaparecer. Lo reproduce con fuerza. Miren sino la moraleja que nos dejan en Brasil y Estados Unidos con la negación de la pandemia. Sus presidentes también (y no es casualidad) se dedican a denostar la ciencia. Y encima, utilizan el impasse de la cuarentena para relajar controles sobre el ambiente. Trump le dio vía libre a los contaminadores, en la Amazonía aumentó la deforestación 51%. Pero en China también sucede algo similar. Allí, por ejemplo, acaban de aprobar 10 plantas nuevas de carbón: un asesinato al clima.

“Cuando la gente habla de cambio climático se suele enfocar en el clima. Pensamos en enormes tormentas, en el aumento del nivel del mar o sequías, pero lo que realmente importa no es lo que le pase al clima sino a la civilización que vive en el medio de ese clima. Porque eso es donde los efectos se sienten”, me cuenta con enfoque antropocéntrico Adam Frank, físico, astrónomo y escritor de la Universidad de Rochester. “La gente habla de que hay que salvar al planeta. Pero eso no es así. Lo que no tenemos que hacer es enojar a la Tierra. Y una vez que hagamos enojar a la Tierra, ¿qué puede pasarle a la civilización?”.

Frank sostiene que las sociedades están enlazadas a través de enormes y complejas redes, que a su vez se apoyan en una malla todavía mucho mayor: es el entramado de los sistemas naturales. Estos son la atmósfera, los océanos, la criósfera (superficies congeladas), la litosfera (las rocas) y la biosfera. Paradójicamente, un entramado de redes es mucho más débil que una red individual, según dice la teoría científica. Por eso, cuando todo un tejido interconectado, por más complejo que sea, falla, el resultado puede ser una cascada de colapsos sistémicos.

“Cuando el cambio climático golpee no será un shock corto y profundo, como el que estamos viendo con la pandemia, sino que va a ser larga serie de emergencias”, señala Frank. “Sabemos que está sucediendo y que va a poner a prueba esas redes que conforman nuestra civilización. Y el espectro de desafíos será desde un simple dolor a un shock total. Existe la posibilidad de que la civilización en la que nos desarrollamos no vaya a poder funcionar más. O que la civilización viva bajo un constante e intenso estrés. Pero no va a ser la civilización que tenemos hoy.”

En estos días en que asistimos a un espectáculo de enfermedad, dolor y una tormenta de muerte, muchos recordaron que el año pasado Bill Gates, el fundador de Microsoft, había alertado sobre una posible pandemia, y que nadie lo escuchó. El peligro había sido vociferado por muchos otros también. Pero hay un paralelismo entre esta anécdota y la ciencia del cambio climático. En 1986, un científico de la NASA, llamado James Hansen, le dijo al Congreso de los Estados Unidos que las condiciones de la atmósfera estaban cambiando aceleradamente, lo que modificaría completamente el panorama de vida en la Tierra. Entonces, “puede que hayamos visto venir ésto como un tren en la distancia”, dijo Deke Arndt, científico de la National Oceanic and Atmospheric Administration (NOAA), la agencia estatal que estudia el mar y la atmósfera en los Estados Unidos. “Pero hoy, el tren está en nuestro living room.”

(*) Marina Aizen es especialista en Medio Ambiente. Confundó la agencia Periodistas por el Planeta. Recibió muchos premios, como el de Naciones Unidas por su cobertura sobre el Artico, el Premio Internacional IPS AMBEV sobre el Agua, el Primer Premio Siemens de Tecnologías Verdes y Desarrollo Sostenible, el Premio Adepa en la categoría ecología y Medio Ambiente.

Ilustración: María Elizagaray Estrada

Nota publicada en Anfibia

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