Polémica por el hombre que vende las islas que nacieron frente a San Isidro

Polémica por el hombre que vende las islas que nacieron frente a San Isidro

En la ribera norte de Buenos Aires, entre San Isidro y San Fernando, crecen los dominios del último y más sorprendente de los terratenientes.

Eduardo Venencio. PH Ignacio Sanchez

Eduardo Venencio. PH Ignacio Sanchez

“Esto es mío. Acá mando yo”, dice Eduardo Venencio mientras pasea su mirada por las tierras que dice poseer: un conjunto de islas que año a año se expande frente al exclusivo Club Náutico San Isidro, en el límite mismo donde el Río de la Plata se convierte en un estuario enorme -el más grande del mundo- de agua terrosa. El espíritu emprendedor de Venencio le generó clientes y aliados, pero también resistencias en las municipalidades de San Isidro y Tigre, que tienen jurisdicción en la zona.

El Rulo, como lo conocen sus amigos, pero también los que le temen, es un isleño de 54 años y cara redonda curtida por el sol. Lleva bermudas, remera camuflada y lentes de sol sobre la gorra. Tiene 15 hermanos -su padre, el Gringo Polenta, era pescador y junquero y su madre, la Marquesa, sigue vendiendo pescado en San Fernando- y 11 hijos de cinco mujeres. “Me quieren todas”, dice con una sonrisa de orgullo. Como jefe de una familia que hace varias generaciones vive y trabaja en la zona, contribuyó a volver habitables los terrenos bajos del lugar. La ley argentina otorga derechos de posesión a la ocupación pacífica, ininterrumpida y con mejoras de un terreno y en esa jurisprudencia se funda su reclamo.

Venencio se crió cortando y comercializando juncos y comiendo lo que le ofrecía la naturaleza -pescados, pero también nutrias, anguilas y gaviotas-. Pasó apenas un par de meses por la escuela y trabajó de sereno, cavando pozos ciegos, vendiendo la madera de los sauces que plantaban y como instructor de vela en los clubes náuticos de la zona. Gracias a un empleo de obrero para Colony Park, un proyecto inmobiliario en el Delta que se frustró en la Justicia por su impacto ambiental, descubrió su actual vocación de entrepreneur inmobiliario.

Dice que le corresponden 130 hectáreas de esta tierra tan bien ubicada como pantanosa y que ya “cedió” -se cuida de no usar el término “vender”- unos 80 terrenos. Aún le quedan alrededor de 50. Su servicio es completo. Venencio comanda una cuadrilla de alrededor de 20 obreros que patrullan su zona en lanchas cargadas de madera con la que construyen los muelles. También ofrece garantía de protección. “Acá no hay robos porque si agarro algún chorro le corto la cabeza”, explica.

Sus clientes son dueños de lanchas que quieren un muelle con un poco de sombra en la desembocadura del río San Antonio, socios de los clubes cercanos que aspiran a su pequeño refugio isleño y un tercer sector que es el más activo: un grupo de profesionales desencantados con la vida urbana y con aspiraciones de fundar un nuevo orden social y de mantener el lugar como reserva.

Paraíso natural

17059w740q100La zona es un paraíso de naturaleza virgen ubicado a apenas minutos del centro de San Isidro. Entre el río Luján y el San Antonio, dos de las principales vías de comunicación del Delta, repletas de yates durante los fines de semana, se despliega un conjunto de islas y humedales atravesados por canales sinuosos y cubiertos de vegetación. Dos arroyos angostos, el Anguila y el Mojarra, concentran las construcciones de Venencio.

Rulolandia, así se conoce entre los lugareños, es lo opuesto al frenesí del Delta de las motitos de agua, un remanso de tranquilidad con una vista privilegiada a la ciudad. Una tarde de verano, mientras el viento fresco del sudeste mece los juncos y refresca, el perfil de los edificios de Buenos Aires funciona como recordatorio de la agitación citadina que se desarrolla a escasos kilómetros, luego del humedal y el río.

Esa cercanía es lo que motivó proyectos inmobiliarios millonarios. El único que prosperó es Santa Mónica, un barrio cerrado de 50 casas, pileta, cancha de tenis y embarcadero privado construido en 1995 y que comparte una tensa vecindad con los terrenos que reclama Venencio. Colony Park intentó replicar el modelo, pero está suspendido por una orden dictada por la jueza Sandra Arroyo Salgado luego de movilizaciones de ambientalistas e isleños.

Venencio al principio trabajó para Colony Park, pero luego se puso al frente de las movilizaciones para resistirlo. Si la mayor conciencia ecológica de los últimos años se interpuso en el camino de poderosos desarrolladores inmobiliarios, ¿por qué Venencio logró prosperar? Porque su proyecto es mucho más humilde y, además, avanza sin pedirle permiso a nadie.

“Los de Santa Mónica me denunciaron y vinieron de la municipalidad de Tigre a poner fajas de clausura en mis muelles, pero ya las saqué. De acá me van a sacar con las patas para adelante”, explica. Fuentes del municipio confirmaron que hicieron 20 notificaciones de clausura en la zona de Venencio.

En la municipalidad de San Isidro, que tiene jurisdicción en las nuevas islas del Delta que crecen frente a sus costas, se alarmaron cuando encontraron un muelle construido en uno de sus territorios. Hasta el momento, Venencio había mantenido sus dominios dentro de la jurisdicción de Tigre. Para evitar su avance, en San Isidro compraron cinco lanchas y armaron una guardia de 15 personas. Todos los días patrullan y clavan banderas identificando a la zona como reserva natural.

“Queremos protegerla para evitar la usurpación”, dice Walter Pérez, subsecretario de Inspección, Registros Urbanos y Tránsito de San Isidro. Pero a Venencio no le preocupa: “Los de San Isidro andan plantando banderitas, pero yo los paré cuando se metieron en mi área. ‘Vos tenés de acá para allá'”, les dije. Aunque se miran cruzado cuando se encuentran en el río, por ahora las dos partes mantienen una tensa calma.

Derechos posesorios

Los que lo quieren dicen que Venencio es un hombre ambicioso y trabajador. Los que no, lo catalogan de usurpador y mafioso. Ajeno a las opiniones, Venencio “cede derechos posesorios” de terrenos de 25 metros de frente por 30 de fondo. El precio de la propiedad, incluyendo el muelle, ronda los 150.000 pesos. El trámite suele ser en una oficina del centro de San Isidro, donde un escribano certifica las firmas de un documento que queda como única prueba del trámite.

La legalidad de la operación es dudosa. La ley argentina establece que la ocupación pacífica y con mejoras de un territorio genera la posibilidad de, mediante una demanda judicial, lograr un título de propiedad sobre la misma. Se llama derecho de usucapión y Venencio dice que está recolectando la información para comenzar el trámite.

“Es una ley nacida de la necesidad de poblar la Argentina”, explica Sebastián Villar, un abogado de 36 años que hace cinco años compró un terreno. “Me dio la posibilidad de tener un pedacito de tierra en el paraíso”, agradece a Venencio. Villar admite que asumió un riesgo. Si un eventual juez dictamina que la propiedad no es suya, deberá irse.

Alejandro Jantus de Estrada, un escribano de San Fernando que ha hecho operaciones en el Delta, no es tan optimista con respecto a un eventual juicio de usucapión de Venencio, a quien conoce. Su argumento es que el área está catalogada como “Zona Delta de protección” y eso impide su ocupación. “Venencio está cediendo terrenos que no son suyos y sería imposible que él, o quienes le compraron, ganen un juicio de usucapión”, dice.

“No soy rico”

Como siempre ha ocurrido en el Delta, un universo regido por reglas que atienden a la fuerza de la naturaleza antes que al poder de policía del Estado, nada de esto impide la expansión de Venencio.

“Yo no soy rico, ni me interesa. Uno me ofreció un millón de dólares y le dije que no. Otro me quiso comprar terrenos para armar una pista de aterrizaje y tampoco lo acepté”, asegura. Venencio dice que solo vende cuando confía en que el cliente es alguien que quiere disfrutar de la naturaleza. “Alguien que quiera venir con la familia a pescar, o a tomar mate”, explica.

Este estricto derecho de admisión, junto con el control total que ejerce sobre la zona y su carácter isleño, convirtieron a Venencio en un personaje casi mítico. Los funcionarios municipales y los socios de los clubes de la zona repiten leyendas y le temen. Dicen que quema los muelles de sus enemigos, o que se roba tablas de kitesurf cuando quedan a la deriva en los días de mucho viento. Venencio se ríe: “Me tienen envidia. A los Venencio acá nos conocen hasta los perros y no somos ningunos malandras”.

Como el mítico coronel Kurtz hundido en la selva de Camboya que interpretó Marlon Brando en la película Apocalypse Now , Venencio cultiva el misterio. Anda con un celular que rara vez atiende y carece de cualquier servicio de mensajería electrónica. LA NACION logró ubicarlo luego de tres días en la zona y acompañado de gente de su confianza.

Venencio no busca, ni necesita, publicidad. Lo particular de su territorio es que está a minutos de las casonas de San Isidro y, además, se expande. El proceso natural de sedimentación, ayudado por la acción del hombre, hace que la frontera sur del Delta se corra. Según una investigación de Jorge Codignotto y Rubén Medina, dos geólogos, el frente del Delta avanza 60 metros por año. La de Venencio es tierra que crece, el sueño de cualquier desarrollador inmobiliario.

Pero no crece sola, aclara Venencio. Al proceso natural él lo ayuda plantando sauces que consolidan los terrenos bajos y ayudan a la acumulación de tierra. Eso levanta la cota y vuelve habitable a la zona. Según su cálculo, ya plantó 42.000 árboles. También cava zanjas que ayudan a secar los terrenos y draga los canales. Ese trabajo, además de la larga presencia de su familia, es su principal argumento en un eventual pedido de usucapión.

Vida armónica

Rodrigo García desarrolló un sistema para purificar el agua del río. PH Julian Bongiovanni

Rodrigo García desarrolló un sistema para purificar el agua del río. PH Julian Bongiovanni

“Queremos reinsertarnos en la naturaleza y vivir de forma armónica, preservando este ecosistema bello y frágil”, dice Martín Marpegan, que alguna vez fue abogado y hoy, a los 49 años, vive la mitad del año viajando y la otra, en el Delta. Su ” tiny house ” -así llama a su vivienda en la frontera misma del territorio controlado por Venencio- es pequeña, simple y prolija. Lo mejor ocurre puertas afuera: la vista al humedal y, más allá, el Río de la Plata y el perfil lejano de la ciudad. Tiene un siestario de hamacas paraguayas debajo de los sauces, una carpa amplia con almohadones orientales y acaba de montar un sistema de pantalla gigante para mirar cine al aire libre.

Marpegan es uno de los impulsores de la comunidad de nuevos isleños con conciencia social y ambiental que se instaló en el territorio. “Apenas llegué entendí que teníamos que cuidar este ambiente. Generar un polo sustentable e integrar a la población para que aprecie y respete la naturaleza. No abundan entornos naturales tan cercanos a la ciudad. Nuestro deber es preservarlo”, dice.

Para lograrlo, reciclan y tratan de generar la menor cantidad de residuos. Incluso fabrican su propia pasta de dientes biodegradable. Viven a diez minutos en lancha de San Isidro, pero sin luz, gas, ni agua. Usan paneles solares y potabilizan el agua de río con un sistema ideado por uno de ellos, Rodrigo García.

El científico loco, como lo bautizó Venencio, tiene 34 años y muchas inquietudes. Armó un domo donde cultiva orquídeas y su casa es una figura de 11 lados que cuelga de unos tensores amarrados a una columna de madera. Cuando hay tormenta, se ladea. “Quería tocar lo menos posible el piso”, explica García.

Martín y Rodrigo encontraron en Venencio un aliado en sus intenciones ambientalistas. Con la ayuda de inversores amigos, ya le compraron unos 20 terrenos, casi 20.000 metros cuadrados, que planean mantener como reserva ecológica.

“Rulo es un visionario -dice Marpegan-. Pero no somos sus soldados, tenemos nuestra propia misión y nuestra propia lucha”.

Fuente: Nicolás Cassese con la colaboración de María Nöllmann para La Nación

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