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Calentamiento global: parece que esta vez el lobo viene de verdad

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El cambio climático es el gran problema de hoy. Y son los adolescentes quienes van a la cabeza de la lucha por una solución.

El viernes 27, miles de personas participaron de una marcha al Congreso como parte de la convocatoria mundial contra el cambio climático.

Sabida es la fábula del pastorcito, atribuida al griego Esopo. El chico, aburrido de cuidar el rebaño, se puso a gritar que venía el lobo, lo que provocó que la gente del pueblo corriera a ayudarlo y que él se burlara de la credulidad de sus vecinos. A la cuarta vez que gritó que venía el lobo, nadie corrió en su auxilio. Pero esa vez era verdad. Y el lobo se comió a las ovejas. La moraleja no hace falta explicarla.

Para muchos, la del pastorcito es la historia de las organizaciones ecologistas. Hace ya 40 años que el Amazonas y el hielo ártico iban a desaparecer. Hace ya 40 años que iban a sucederse inundaciones globales y masivas extinciones. Profecías apocalípticas que, como hasta ahora no se verificaron por completo, causaron cierto acostumbramiento ante la alarma. En busca del máximo efecto posible, la repetición de la catástrofe inminente y total provocó indiferencia generalizada, más allá de unos cuantos logros puntuales como el salvataje de las ballenas o la recuperación de la capa de ozono.

Pero resulta que ahora el lobo viene de verdad y no queda mucho tiempo para controlar los daños. El consenso científico sobre los irreversibles problemas que provocaría la inacción ante el calentamiento global es completo. Estamos viviendo sequías, olas de calor, inundaciones, migrantes desplazados por el cambio climático y desaparición de especies animales. Y son sólo los primeros efectos a sufrir si no hacemos nada cuanto antes, empezando por los grandes contaminadores, como China, Estados Unidos y la India.

Por suerte, por todo esto están luchando los jóvenes del mundo. La sueca Greta Thunberg, de 16 años, es apenas el ícono más conocido del movimiento: el viernes pasado fueron millones los adolescentes que marcharon en al menos 27 países (Argentina incluida) para pedir atención y soluciones al problema. Se entiende: este planeta que los adultos estamos arruinando les va a quedar a ellos y ellos lo saben. Si no paramos de tirar gases a la atmósfera, plástico al océano y árboles al piso, entre otras cosas, les dejaremos un lugar malísimo. Habrá que ver cómo hacemos para que en el camino no se afecte o se afecte menos la producción de alimentos o el crecimiento económico global, pero hay que entender que tal como funciona ahora la cosa no funcionará mucho más.

No es un tema menor que sean adolescentes quienes hayan tomado la bandera. Tienen empuje, idealismo e influencia sobre sus mayores. Y la mente más libre de preconceptos. Ya en los 60 fueron adolescentes los que provocaron la revolución sexual, por lo que cabe esperar mucho de los del 2020. En su contra, enfrentan un negocio enorme y una indiferencia basada en la ignorancia que asusta.

En la Argentina, por ejemplo, el tema no aparece en la campaña electoral. Entre tanta urgencia tremendamente urgente (50% de inflación, 30% de pobreza estructural, violencia urbana, deserción escolar, aborto, etc., etc.), lo que no es para hoy mismo no figura. No es hipocresía: los candidatos saben que el tema, tristemente, no mueve el amperímetro, tal vez porque acá somos expertos en indignarnos por el ahora y menospreciar el mañana.

Además, existe cierto prejuicio de que el tema es snob, de “chico bien” que se preocupa por las tortugas y no por las villas (y que haya alguno así no invalida la cuestión, de todos modos). Otros piensan que se trata de una moda, que al final es ridículo preocuparse por los gases de las vacas. Como si no se pudieran y debieran enfrentar dos asuntos sumamente graves simultáneamente.

Es probable que otra vez los adolescentes hayan percibido la trascendencia del problema antes que los adultos y a fuerza de persistencia logren evangelizar a la mayoría sobre lo importante que es, sólo a modo de ejemplo, producir menos basura (y reciclarla), usar más la bici y menos el auto y apagar la luz cuando no se necesita. Cada una de esas pequeñas cosas son clave. Hay otras, más grandes, que ya entrarán en la agenda, sin dudas. Porque al lobo ya se le ven los dientes.

Fuente: Pablo Vaca para Clarín | Foto: Juan Ignacio Roncoroni

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